Isla de Komodo [Indonesia]: la tierra del dragón


El dragón de Komodo puede alcanzar los tres metros de longitud y lanzar su ataque a 20 kilómetros por hora.
El dragón de Komodo puede alcanzar los tres metros de longitud y lanzar su ataque a 20 kilómetros por hora.

Inquietantes perfiles volcánicos de tonos pardos y verdes secos emergen allí donde se entremezclan las aguas de dos océanos, el Índico y el Pacífico. Indonesia es la única región ecuatorial del mundo con intercambio de fauna y flora marinas, debido precisamente al choque de las placas tectónicas euroasiática e indoaustraliana bajo sus mares. En el centro del archipiélago indonesio, entre las islas de Sumbawa y Flores, los mil ochocientos kilómetros cuadrados –con aspiraciones a convertirse en dos mil trescientos– del Parque Nacional Isla de Komodo (www.komodonationalpark.org) incluyen las tres islas principales: Komodo, Rinca, y Padar.


©Adhi Rachdian/Creative Commons

Centenas de especies de peces y corales

A pesar de su irrefutable magnetismo, el dragón de Komodo (Varanus Komodoensis) no es la única razón para acercarse a este exótico y lejano rincón del planeta. El buceo es el otro reclamo. Casi más modalidades de coral que días tiene el año, setenta especies de esponjas, y más de mil tipos de peces aleteando entre manglares y nutrientes algas, lo confirman como uno de los fondos marinos de más rica biodiversidad del planeta, con profundidades comprendidas entre los treinta y los doscientos metros. Delfines, rayas, tiburones, tortugas verdes y ballenas –la zona forma parte de una ruta de migración de cetáceos– completan el cuadro marítimo. La parte sólida se compone de pardas sabanas, agrestes picachos volcánicos y verdes manchas de bosque, en un clima que va de los 17 a los 34 grados centígrados con ocho meses sin lluvias hasta la llegada de la temporada de monzones. No es exactamente la imagen estereotipada del paraíso tropical, aunque no le faltan apetecibles playas de prístinas aguas y arena blanquísima. Apetecibles, aunque no recomendables, al menos para tomar el sol, ya que los famosos saurios tienen fama de abalanzarse sobre cualquier cuerpo en reposo que consideren una presa fácil. Probablemente nos hallamos en una antigua terra ignota, de aquellas que los cartógrafos medievales señalaron con la frase “hic sunt dracones” (“aquí hay dragones”), como recoge el famoso globo de cobre Hunt-Lenox, que data del año 1510, una de las importantes reliquias que alberga la biblioteca de Nueva York.

Descendientes del Jurásico

Poco se sabe hasta ahora de estos varánidos descendientes de los dinosaurios. Los más corpulentos pueden llegar a alcanzar los tres metros de largo y más de cien kilos de peso. Al principio se creyó que los dragones estaban extinguiéndose puesto que no se veían ejemplares jóvenes por la isla, pero los científicos descubrieron que los pequeños ora (su nombre local) pasan los primeros años de su vida subidos a los árboles, esperando a alcanzar mayor tamaño para poder defenderse del canibalismo de su propia especie.


©Gabriel Hsia/Creative Commons

Mantenerse alerta

Reverenciados como un tesoro nacional, unos dos mil a cinco mil ejemplares –población estimada aún sin censar– habitan estas islas recónditas. No es cosa de broma, oyen y ven bastante mal y se mueven con gran torpeza, pero su sentido del olfato es extraordinario y son capaces de lanzarse a más de veinte kilómetros por hora en el momento de un ataque sorpresa. Una docena de víctimas a lo largo de casi un siglo les otorgó la reputación de temidos devoradores de hombres. La anécdota más repetida es la del barón suizo Rudolph von Reding, que llegó a la isla en 1974 con un grupo de expedicionarios. Según algunos, quiso tomarse un descanso en solitario, otros cuentan que iba herido. El caso es que, cuando volvieron a buscarle, no encontraron más que las gafas, el sombrero, un zapato o bien la cámara de fotos, variando los objetos según la versión. La cruz que levantaron en su memoria incita a mantenerse alerta. Tampoco hay por qué alarmarse, las excursiones por la isla se realizan siempre en compañía de guardas forestales, vestidos de verde kaki, armados con un largo palo, y acostumbrados al cara a cara con estos insólitos animales. Nadie es admitido en el parque nacional sin su pertinente escolta. Hace unos años, los fascinados turistas contemplaban sin peligro la agresividad con que las imponentes bestias de lengua bífida amarilla y piel como una cota de malla medieval devoraban las cabras que se les arrojaban a las fauces, pero afortunadamente este curioso modo de conseguir ingresos para mantener el parque ha caído en desuso.


©Mn8Multimedia/Captura de video

La mirada del reptil

El plan actual consiste en pasear por la isla, siempre en grupo, con la esperanza de encontrarse con algún lagarto gigante, lo cual suele conseguirse con frecuencia. La experiencia de mirar de frente a “los monstruos de Komodo” –como también han sido apodados– supera con creces cualquier mito. Lawrence Blair, antropólogo, explorador, realizador y coproductor de la serie de cinco documentales Anillo de Fuego, una odisea indonesia (con una nominación a los premios Emmy), nos dejó escrito cómo comprendió en la mirada del dragón cuán antigua y fuerte era la historia de los dragones, y cuánto de aquella historia era suya, ya que por mucho que hayamos sido humanos, mamíferos y peces, nuestro sueño más lejano fue ser como reptiles. Terminó su libro advirtiendo que “Komodo está ahí para recordárnoslo, ahora mismo, estemos donde estemos”.


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